Sus manos eran enormes y su cuerpo el de un monstruo de carne cruda
He imaginado muchas veces cómo fueron los mensajes que me escribió pero jamás leí. He imaginado que describía en ellos su forma de amor enfermo, que narraba cómo me haría las cosas que salen en mis pesadillas y luego me pedía perdón como lo hacen los hombres. He fruncido el ceño y he cerrado los ojos con fuerza todas y cada una de las veces. Cuando estoy sola en mi habitación, esos relatos de terror que yo misma he escrito empiezan a resonar en mi cabeza sin avisar, y entonces las palabras que me dijo y no escuché se me cuelan bajo la piel recordándome que todos los días hasta que bese la tierra, él estará haciendo del dolor de otras su placer más sórdido.
Para todos los demás no es para tanto, yo sigo pensando que el pánico aquella tarde me salvó la vida.
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