No esperaba un final triste pero llegó solo
Los viernes, cuando el sol se vuelve naranja, pongo música que creo que le gustaría pero que aún no conoce y nos imagino subiendo en el ascensor de un hotel caro. En esa fantasía yo trabajo en el hotel y él no es de la ciudad, y mientras subimos despacio pasando por todas las plantas, me mira de reojo porque le encantan mis gafas redondas. Alrededor de la planta número siete me dice algo que no entiendo y me coge de la mano. Cuando llegamos al piso dieciséis y se abren las puertas, la oscuridad es tan densa que incluso apaga un poco las luces dentro del ascensor. La música no suena en ese lugar. Pero él aún sostiene mi mano y se empeña en que nos dejemos comer por la oscuridad. El miedo a esa pared de negrura se va haciendo más y más ligero hasta que desaparece y entonces me muero por explorar lo desconocido y lo terrible. Tiene unas manos que no te creerías y que me están tocando con la firmeza de las mareas. Tengo unas manos que tiemblan pero que quieren chocar con las paredes hasta que lleguemos al hombre carnero. Quizá en esa oscuridad no pueda ver sus ojos brillantes pero qué puedo hacer yo si quiero perderme allí dentro mucho más que él.
-Eres tan bonita que te quiero comer -dice justo antes de atravesar la puerta.
La oscuridad es mi cabeza, él no existe y mis gafas redondas llevan años rotas.
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