La mujer terrible
Le estoy pisando el cuello a la mujer terrible que vive dentro de mí. Ella se ríe, se está riendo de mí y me asegura que soy lo más feo que ha visto jamás. Dice que no soy de verdad y que no valgo lo que a veces me hago creer que valgo. Le sangra la boca pero no parece importarle porque ambas sabemos que matarla es muy difícil. Hago fuerza contra el suelo y le falta el aire un momento. Estoy tan enfadada conmigo que mis textos no tienen aire porque en ellos no caben las dudas. No ahora. Aumentan los puntos y me olvido de las comas, no existen los paréntesis ni los guiones y empujo la asertividad hacia arriba con toda la fuerza de mi cuerpo. No es mucha, pero servirá. La mujer vuelve a reírse. Me recuerda a los hombres malos y la forma que tuvieron de marcarme la carne. Pero esta serpiente no es ajena a mí como lo eran ellos. Esta serpiente que agoniza bajo la suela de mi zapato es una parte de mí tan grande y pesada como el trabajo que hice todos estos años para no morirme. No quiero dejar que gane porque no me lo merezco, pero empiezo a sentirme fea y pequeña otra vez. Siento cómo me arden todos los músculos del cuerpo y cómo me tiembla el estómago. No voy a vomitar, no voy a llorar. Recojo del suelo toda la seguridad que la mujer terrible no ha podido destrozarme y con ella me acerco a su sexo y hago una incisión justo donde empieza su arteria femoral. No va a dejar de reírse, lo sé; yo no voy a dejar de temblar. Pero esta serpiente se muere hoy y yo voy a quedarme en esta habitación construyendo desde cero todo lo que sé que soy. Hasta que caiga la noche y luego salga el sol. Nadie puede decirme quién soy. Ni siquiera ella.
Las tiras brillantes de espejo, la luz de las personas y lo preciosa que estoy cuando sostengo el picahielos.
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