(Historia inconclusa número 2)

Una mañana fría, de octubre o noviembre, se despertó y se notó cambiado. Algo dentro de él, alguno de los engranajes oxidados de su pecho, había cambiado radicalmente de dirección. Todo lo que había concebido hasta el momento era de repente radicalmente opuesto. Todo lo que antes era negro, de pronto era de un blanco brillante que le cegaba desde dentro, y el resto de colores y sonidos habían cambiado también. Él ya no era el mismo, no reconocía aquella habitación, no sentía que aquellas fuesen sus sábanas y, desde luego, no conocía a la chica que descansaba a su lado, respirando tranquila, sin mover ni una pestaña. Se levantó sin hacer ruido y se miró en el primer espejo que encontró en la casa. Sí, era él, de eso no cabía duda, podía sentirlo. También sentía que todo aquel cambio no era en absoluto algo negativo. Notaba que todo dentro de él estaba bien, y aunque no recordaba gran cosa, sabía que era la primera vez en mucho tiempo que todo estaba bien. Volvió a la que se suponía que era su habitación y, moviéndose despacio, se vistió con aquella ropa que estaba viendo por primera vez en su vida, se abrigó bien, y salió por la puerta de entrada. Fuera todo estaba nevado, así que quizás era diciembre, o enero. Miró aquella casa (la suya, suponía) y se marchó siguiendo el rumbo que aquel engranaje obstinado le estaba marcando.

La chica que dormía en su cama le observaba desde la ventana. Ella sabía perfectamente a dónde iba él, y sabía también que no volvería. Lo supo en el momento en que, hacía ya cuatro años, se había casado con él.

(Historia inconclusa número 2.)

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