(Historia inconclusa número 1)
A veces no era capaz de analizar, racionalizar, entender y asumir la realidad que la rodeaba. Y no era porque no pudiese o no supiese hacerlo, sino más bien por el bloqueo interno que le provocaban las situaciones y que no dejaban que actuase de la forma en que ella habría querido hacerlo. A veces, simplemente, las cosas no eran analizables, ni racionales, ni comprensibles, ni asumibles (o al menos así lo percibía ella de manera irremediable). Así que sólo podía caminar despacio por aquella realidad intentando calmar sus pálpitos por enésima vez. "Por-enésima-vez", se repetía ella en su cabeza mientras observaba sus pies. Caminaban casi sin su consentimiento, uno detrás de otro, de forma disciplinada. En una de aquellas ocasiones, mientras sus pasos la llevaban mucho más allá de dónde había llegado jamás, encontró en su camino un gato atigrado de ojos rosas. "Murakami, ¿estás ahí?". El gato la miró y se dirigió a ella. "Ráscame la espalda, por favor". "Pero no puedo pararme", ella no dejaba de caminar. "Para ti es fácil. Mucho más fácil de lo que crees". "¿A qué te refieres?".
(Historia inconclusa número 1).
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