Crees que sí, pero tú no me has visto desnuda
El cielo de entre mis piernas vuelve a estar en llamas. Se me escurre la poesía por los muslos mientras intento ocultarme de las miradas ajenas. Estoy completamente desnuda, de pie en una cuneta mientras los conductores de los coches que me rodean me miran con asco. Soy Aomame. La poesía brota de mi sexo de manera abundante, pero mi cuerpo no me responde como debería. Intento sentarme en el suelo, intento taparme con las manos, pero mis movimientos son rígidos y torpes y nada puede evitar que todos me observen y vean mi cuerpo en cueros. Mi piel parece quedarse en carne viva cuanto más me miran. Mis axilas, mis rodillas y mis codos empiezan a escocer. Recuerdo el sueño de Aomame que narraba Murakami en 1Q84. Busco el Mercedes-Benz Coupé plateado del que debería bajarse la mujer elegante, pero no lo encuentro. Nadie parece querer ayudarme. Tampoco veo miradas de deseo ni de pena. A nadie parezco importarle, pero todos escrutan mi cuerpo al detalle sin hacer nada por mí. Mis ojos se inyectan en sangre, mis labios, mis oídos y mi nariz comienzan a sangrar. La poesía sigue escurriendo por mis muslos empapados, caliente y espesa, mientras mis articulaciones siguen sin responder. Mi temperatura corporal aumenta, me siento hinchada, y la mujer elegante no aparece por ninguna parte. Soy Aomame pero no soy Aomame. De repente, mi cuerpo cae al suelo como un peso muerto y se convulsiona violentamente. Babeo. Nadie a mi alrededor se inmuta, pero siguen mirando con esos rostros que sólo reflejan repugnancia y asco. Sigo babeando, pero las convulsiones cesan. ¿Dónde está la mujer elegante con su abrigo? Creo que lloro, pero mi cuerpo ya no siente nada.
Y entonces me despierto, empapada en sudor. Soy Aomame pero, claramente, no soy Aomame. La insoportable levedad del ser.
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