Sobre echar de menos y cómo no escribirle a nadie nunca
Echar de menos es mi acto reflejo más puro.
Sé que han ensuciado este concepto con dolor, con las obsesiones más injustificables y con miedo y con veneno, pero en mi cuerpo se manifiesta como la forma más tibia y callada de amar, empatizar y aceptar. Cuando se me cansan las extremidades y el abdomen y los huesos, cuando estoy exhausta física y mentalmente de enfadarme conmigo y con todos, de amar con dinamita, de esperar y sentarme a mirar cómo pasa el tiempo tan despacio y tan terrible; entonces me acuesto en algún sitio y dedico unos minutos limpios y vacíos a echar de menos. Sólo a echar de menos. Echo de menos con la profundidad del océano y con toda la fuerza de mis pulmones. Echo de menos desde el estómago, con las costillas, como lo harían las anclas y las astas de los ciervos. Echo de menos algo o a alguien de una manera muy concreta y en silencio, tan en silencio que apenas puedo escuchar mis pensamientos. Recuerdo momentos cortos que ni siquiera intento modificar, recuerdo el tacto de algunas pieles, la mirada de alguien, recuerdo haber caminado por algún sitio, haber llorado en algún otro; recuerdo todo lo que pueda llenarme el pecho de emociones. El momento en que tocaron esta parte de mi carne, las luces de colores sobre el pelo de un desconocido, el gesto que me llevó a besar unos labios, las escenas en las que creía que eras mi amigo y nada más, cómo conocí a un ser de luz, mi ropa los viernes de verano, el pelo suelto, cómo temblaba ese cuerpo con el frío, la lluvia mientras cantaba bajito con alguien, los comentarios que dejaban marca, el olor a alcohol...
Me encuentro con mi cuerpo y me abrazo y no hago nada más. Sobre el suelo, sobre mi cama o sobre mi propio cadáver: echar de menos -con la música apropiada de fondo- es lo único que me confirma que tengo un corazón grande y fuerte que quiere y que atrae y que respeta y que también es capaz de dejar ir.
Esto último sobre todo lo demás.
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