San Valentín y una anciana

Cuando interiorizó que no por querer amar a alguien iba a conseguir que apareciese antes, o que tener mucho amor que dar no hace que te enfoques en absoluto, o que cuando te repites las cosas mil veces quizás es porque tienes que escucharte, dejó de preocuparse para siempre. ¿Morir sola? ¡Pero si le encantaba estar sola! Le perdió el miedo a la palabra "soltera", y se imaginó de anciana como lo había hecho siempre: cultivando plantas en el invernadero de su casa en el campo mientras el perro perseguía al gato por el jardín como un loco; ahorrándose quizás dos divorcios y dos hijos, todos ellos totalmente innecesarios para la vida plena y tranquila con la que le gustaba fantasear. Quería ser una anciana de pelo blanco y largo recogido en una trenza, quería haber vivido en Alemania un tiempo, haber visitado Japón y haber estado en Brooklyn al menos una vez, pero no le hacía falta mucho más. Un techo, algo de música, un par de seres vivos que la despertasen a lametones y quizás una botella de bourbon en el minibar. Un buen recuerdo de sus padres, alguna llamada de su hermano, algo de contacto con sus antiguos amigos. Y el amor enquistado de sus textos de adolescencia se fue desgranando, él solito, convirtiéndose en arena fina que terminó decorando todo lo que hizo en su vida. Nunca nadie lo recibió de forma pasional y arrebatadora, nunca nadie le alivió la carga de ese peso y nunca nadie le pidió matrimonio colgando un cartel de cincuenta metros desde el Empire State, simple y llanamente, porque ella no llegó a necesitarlo jamás. Pero no la malinterpretéis; no renegó del amor. No pasó el resto de su vida escribiendo sandeces en contra de los enamorados, temiendo al compromiso y maldiciendo el día de San Valentín (al fin y al cabo, también era el día de su cumpleaños). Sólo lo dejó pasar, lo dejó en manos del azar en lugar de la ansiedad. Se abrazó, se quiso en su piel y asumió que si alguien aparecía, no sería por su insistencia nerviosa e insoportable de los sábados por la noche, cuando aún se veía guapa y joven y sus amigas habían conseguido acostarse con algún capullo y ella no. Aparecería alguien (si es que aparecía) como había aparecido la última vez, de manera natural, fluyendo como el Amazonas. Y hasta entonces, ella estaría tranquila. Porque la paz la había encontrado dentro, entre sus órganos, y no en cualquiera de aquellos señores que iban y venían como las olas del mar.

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