El picahielos
El picahielos. ¿Dónde está? Aomame buscaba con insistencia en los cajones de la cómoda de su apartamento de una sola estancia. En aquellos meses de espera eternos, encerrada en su habitación y acompañada tan sólo por una pila de libros, varios juegos de mancuernas y una Smith & Wesson semiautomática, Tengo no había aparecido bajo su ventana, nadie había subido al tobogán del parque frente a su balcón a observar las dos lunas que ella también podía ver. Habían pasado más de dos años desde que una amiga (la anciana para la que trabajaba en el gimnasio) le hubiese proporcionado aquel lugar para instalarse, a salvo de todo y todos aquellos que la buscaban sin dejarle un segundo para respirar o pensar en su próximo movimiento, y algo le decía que las cosas no estaban sucediendo según lo esperado. Tengo no llegaba, Ushikawa, ese personaje raro y desagradable, parecía no existir, el cobrador de la NHK nunca había pasado por el edificio, apenas podía ponerle cara a su vieja amiga de la adolescencia y lo que era más inquietante: era incapaz de recordar las decenas de asesinatos que había cometido en el pasado. Las caras de todos los hombres, las historias en las que estuvieron involucrados, el tacto frío del picahielos en la palma de su mano y, por fin, el toque de gracia en la nuca; discreto, infalible y letal. El único recuerdo vívido que conservaba de todo aquello, era la cajita en la que transportaba su picahielos cada una de las veces que debía cumplir con aquel cometido, y no parecía estar en ningún lugar de aquel loft que se había convertido en su celda en algún momento de los últimos dos años. Mientras rebuscaba en la caja de mudanza que nunca había llegado a abrir, se planteó la idea de que quizás ella no tenía el picahielos porque puede que nunca lo hubiese tenido. Nada estaba sucediendo como debería y aún así ella sabía que seguía en peligro, como supo en su momento que estaba embarazada, aunque esto último no ha llegado a suceder en la realidad en la que se desenvuelve Aomame ahora. ¿Dónde está el maldito picahielos? Está claro que ella no lo tiene, y no es algo que habría dejado atrás como hizo con su piso o su planta favorita cuando tuvo que cambiar de vida. Quizás es que son ellos quienes tienen el picahielos. ¿Quienes? Todos y cada uno de los hombres que asesinó pero que están vivos porque aquello ocurrió pero nunca ocurrió, y que ahora tienen su picahielos y deben estar buscándola por toda la ciudad. Aquel pensamiento alteró a Aomame estremeciendo todas sus terminaciones nerviosas. Apoyó la espalda en la pared, sentada en el suelo, y se masajeó las sienes con las yemas de los dedos índice y corazón, cada vez un poquito más fuerte. Debían estar al llegar y nadie estaba haciendo nada para cambiar la historia y que las cosas sucediesen como estaba escrito que debían suceder. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, recordó que no recordaba el calor de la mano de Tengo cuando eran unos niños, y recordó no recordar también el tacto del vello púbico de su amiga de la adolescencia asesinada hacía más de diez años. Por algún motivo, en aquella realidad ella no creía en el amor, no esperaba a nadie y ni siquiera estaba segura de estar en el pueblo de los gatos. Recordó de pronto las dos lunas, la luna de siempre, blanca y brillante colgada en el firmamento, y su hermana menor deforme, verdosa e inquietante, aquella que nadie parecía ver. Reunió fuerzas y se levantó, se asomó al balcón apartando la cortina y miró al cielo. Allí suspendida, donde siempre había estado, se encontraba la luna blanca y redonda a la que tantos autores y poetas habían escrito a lo largo de la historia, pero nadie la acompañaba, ni una sola luna más. En otro tiempo, u otra realidad, habría pagado por tener aquella visión, por estar lejos de 1Q84, pero sabía que eso no debía haber sucedido aún, que algo no iba bien porque nadie se escapa del pueblo de los gatos sin siquiera ser consciente de ello. Alguien llamó a la puerta de repente, y todos los músculos de su cuerpo se tensaron, impidiéndole moverse.
-Aomame -la voz le resultó extrañamente familiar- Soy Tengo. Te he encontrado.
Algo la empujaba a abrir la puerta sin miramientos, pero sabía que no debía dejarse llevar por aquel impulso. Podría ser cualquiera de los hombres a los que había matado, con el picahielos en el bolsillo y disfrazándose de Tengo para poder llegar hasta su nuca. Se deslizó caminando despacio hacia la puerta con el corazón desbocado pero sin hacer ningún ruido; el hombre al otro lado de la misma no insistió. Cuando se vió lo suficientemente cerca, ojeó por la mirilla intentando controlar su respiración todo lo que pudo. Era él, era Tengo. Giró la llave de la cerradura dos veces hacia la izquierda, agarró el picaporte y tiró de la puerta hacia dentro con decisión.
-¿Cómo me has encontrado? Casi no te recordaba.
-Aomame -la voz le resultó extrañamente familiar- Soy Tengo. Te he encontrado.
Algo la empujaba a abrir la puerta sin miramientos, pero sabía que no debía dejarse llevar por aquel impulso. Podría ser cualquiera de los hombres a los que había matado, con el picahielos en el bolsillo y disfrazándose de Tengo para poder llegar hasta su nuca. Se deslizó caminando despacio hacia la puerta con el corazón desbocado pero sin hacer ningún ruido; el hombre al otro lado de la misma no insistió. Cuando se vió lo suficientemente cerca, ojeó por la mirilla intentando controlar su respiración todo lo que pudo. Era él, era Tengo. Giró la llave de la cerradura dos veces hacia la izquierda, agarró el picaporte y tiró de la puerta hacia dentro con decisión.
-¿Cómo me has encontrado? Casi no te recordaba.
Tengo hizo un gesto, un sólo gesto, no le dio tiempo a entrar en la habitación, ni a dirigirle una sola palabra. Movió la mano un par de centímetros y entonces Aomame lo vió brillar entre sus dedos. El picahielos.
*****
Tengo sólo pretendía tenderle la mano, entregarle el picahielos y sacarla de allí, pero no le dio tiempo a explicarle nada porque ella en aquella realidad no era la misma ella que la Aomame de 1Q84, y había algo que recordaba en todas las realidades: cómo cargar, quitar el seguro e introducirse el cañón de su Smith & Wesson semiautomática en la boca en menos de treinta segundos. Lo único que Tengo acertó a ver aquella noche fueron la sangre y las vísceras del amor de su vida manchando todas las paredes del apartamento mientras él, aún con el picahielos en la mano, intentaba articular palabra. Aomame entendió que la habían encontrado, todos aquellos hombres terribles de su pasado habían vuelto para engañarla, someterla a sus ardides y sus malas artes y conseguir así pagarle con la misma moneda: una muerte fría e indolora en un mundo en el que nadie te echará de menos. Entendió que parecía Tengo, pero no era Tengo. Tengo jamás habría aparecido en la puerta de aquel lugar, anunciándose como el amor de su infancia intentando sacarla de allí. El Tengo del pueblo de los gatos habría subido al tobogán del parque frente a su balcón y habrían observado las dos lunas juntos, aunque separados, y habría esperado a que ella le encontrase, y habría dejado morir la crisálida de aire y habrían salido juntos de 1Q84 para hacer el amor en el primer hotel que encontrasen en la ciudad. Para ella, Tengo no era Tengo, y no sería un falso Tengo quien le quitase la vida porque ya existía una falsa Aomame con esa misión. Y es que, al final, ¿dónde estaba el maldito picahielos?
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