Tú lo sabías desde el primer día

Ya no hablo de nadie; hablo de mí.

Estuve imaginándome en un pisito de soltera, al norte, muy al norte, donde hace frío. Trabajando en algo mediocre, haciéndome fuerte, creando a deshora. Intentando calcular la distancia entre tu piel y la mía, sin llegar a concretarla porque las maletas son demasiado ligeras y los impulsos, irrefrenables. Pensaba en mí, en la comida de mañana, en que por fin escuchaba el mar desde la ventana de mi cocina. Pensaba en que las gaviotas son bonitas pero viven de los desperdicios. Me imaginé sirviéndome una copa de vino blanco frío, acordándome de mis mejores amigas, brindando por ellas. Me vi lloviendo como las nubes. Me acosté llorando como las sirenas.

Me imaginé saliendo al portal un día frío, antes de coger el coche. Y te vi allí, en mi cabecita, entrando en casa sin avisar; en nuestra casa. Me vi cayendo al suelo, rompiéndome las medias.

Estuve imaginando que llegaban a mi vida las gaviotas y, creyéndome tan muerta como siempre, se alimentaban de mí.

Las maletas en la puerta, las llaves en el suelo y basura por toda la ciudad. Al final me casé con el mar. Tú lo sabías desde el primer día.

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