Casi

Sigo escuchando, atenta y en silencio, cada palabra que me llega. Supongo que una parte de mi interior espera que alguna de ellas, algún día, se dirija directamente a mí. Como si las palabras pudiesen mirarme de pronto y señalarme con el dedo. Pedirme perdón, aclararme las ideas. Limpiarme quizás. No lo sé. Mi mundo volvió a girar después de todo aquello, pero aún así, de vez en cuando, se vuelve a parar y respira hondo. Yo araño con cuidado las paredes de los mensajes como si fuesen de cal, intento encontrar algo más allá. Puede que no sea lo suficientemente inteligente como para descifrar lo que intentan decirme. Puede que ya haya entendido el mensaje y no quiera verlo. O puede que, simplemente, no digan nada. Nada que deba importarme.

En cualquier caso, me levanto todos los días intentando enfrentarme a la misma realidad. Esta realidad triste y obsoleta, repleta de mentes podridas e ideas pervertidas. Aprendo sola, camino sola, leo de vez en cuando, rebusco entre viejos discos, tomo prestada la ropa antigua de los mayores. A veces canto. Y no es tan difícil imaginar un mundo en que todos nos respetemos y nos amemos, pero a nadie parece gustarle esa visión.

Estoy aquí, en el mundo tangible que todos odiamos y que a nadie le apetece cambiar. Estoy aquí, en un plano en el que las palabras no me dicen nada y el tiempo parece pasar despacito, casi sin que me dé cuenta de nada. Estoy aquí y estoy cansada.

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