Pelucas y cuchillas de afeitar

¿Dónde estabas todos estos años mientras la ciudad se me quedaba pequeña y me temblaba el estómago? ¿Dónde estabas cuando me tocaron todos aquellos hombres malos que me dejaron morirme con una señal de stop clavada en el pecho? ¿Cómo puede ser que el amor sea la carne y los enamorados vivan en los mataderos, desangrándose mientras follan?

No viniste a por mí. Nadie vino. Estuve pensando, dándome cabezazos contra el mismo muro de siempre, aquel que me hacía creer que el mundo era sólo lo que podía ver. Me sangraba la frente por fuera y por dentro. La maldita hemorragia interna más hermosa en este hemisferio del planeta.

Aunque ya no entiendo de estas cosas, sé que hay un pisito en este mundo terrible que tiene nuestros nombres grabados en una placa de metal en la puerta. El mío y el tuyo; el de quien quiera que seas. Sé que tiene unas vistas mediocres, que estrenaremos todos sus rincones, que terminaremos odiándolo y odiándonos. Y que a la mañana siguiente creerás que el amor y el sexo lo inventamos nosotros porque probablemente seas otro gilipollas ingenuo. Un imbécil al que quise comerle la boca cuando aún éramos unos críos extraños. No me des a elegir; tienes todas las de perder.

Hay millones de historias de amor frustrado en mi cabeza que ya no me dejo en la cama de nadie. Así que escribo, las escribo mientras sus protagonistas me suplican piedad.

"Mataremos a los injustos en la ficción hasta que supere la realidad". Ya lo dije. No estoy hecha para este siglo.

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