Está todo bien
Huele a comida sin sal, a café de máquina, a gente cansada. Todo es blanco y azul, y nadie sonríe. A mí se me acelera el pulso porque parece que todo va bien, pero nunca es seguro. Hace muchísimo frío fuera, me duelen las manos, decido entrar. Las paredes huelen a desinfectante y no se oye más que un murmullo. A veces el ascensor emite un sonido suave cuando llega a su destino, y todos miran cómo las puertas se cierran y el número rojo en la parte superior se apaga. Los pasillos parecen eternos, y las mil salas, los nombres extraños, y otra vez esos colores fríos. "Ascensor 9", "ascensor 8". Más nombres que no conozco, y flechas, y pasillos que salen de pasillos. "Ascensor 7". Parece que ha pasado una eternidad desde la última vez que estuve en un lugar como este, pero no. Ahora sólo hay metal y un sonido leve y mecánico mientras subimos. Nadie habla. Huele a lejía. Y por fin llego, y abro la puerta despacio y todo parece estar bien. Nadie grita. La televisión está apagada y desde la ventana se ven las farolas de luz anaranjada y su reflejo en el asfalto mojado. Está todo bien, está todo bien mientras no vomite.
Y él parece tan pequeño dentro de ese pijama blanco. Parece estar tan solo aunque estemos aquí que podría jurar que nos atraviesa con la mirada y, en realidad, no ve a nadie.
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