Otra vez en aquel sitio (III)

Cuando el fuego se extinguió hace un par de horas nos quedamos a oscuras. La mujer carnero empieza a encender unas velas y a repartirlas por la estancia. No sé de dónde las saca ni cómo las está encendiendo. Se dirige a mí sin mirarme.
-Te habrás quedado a gusto.
Ríe. Yo no me río.
-Venga, relájate, llevas unas semanas muy tensa.
A nuestro alrededor sólo hay cenizas. La ventana sigue cerrada y apenas puedo ver la puerta. Me da la sensación de que, aunque nada me ata el cuerpo, no puedo salir.
-¿Tienes algo que contarme?
De repente, algo que no tiene forma ni puedo ver, choca de manera violenta contra mi pecho. La mujer carnero no parece darse cuenta. Vuelve a suceder. Y otra vez. Y otra. Muchas cosas están chocando contra mi pecho mientras intento mantener la compostura, cosas como los gritos de mi madre, la indiferencia de mi padre o aquella vez, en aquel sitio, cuando tocaron mi carne de aquella forma. Cuando aquella chica me necesitó y corrí hacia ella, la vez que perdí a aquella persona un mes de marzo, el olor del río en verano en el centro de mi ciudad. No son cosas recientes siquiera, al menos no todas ellas. Pero impactan sobre mis costillas como si supiesen que puedo con todo. Me sangra la nariz.
-¿Estás bien? -la mujer carnero se acerca y me toca la espalda-. ¿Qué pasa?
En algún sitio de mi cabeza suena Vesti la Giubba, la versión de Pavarotti del 93. Escucho la voz de alguien diciendo que me quiere, el llanto de mi mejor amigo, aquel hombre que me dijo que siempre seré suficiente y que el problema no está en mí. Mi madre gritando otra vez. La hemorragia se hace más intensa y me tiemblan las manos. Veo el océano rompiéndose delante de mí, toda la inseguridad del mundo, mi reflejo en el espejo diciéndome verdades que me aterran. No dejan de llegar cosas a mi caja torácica. Tengo ganas de vomitar. La mujer carnero me sujeta por los hombros con fuerza, con su cara muy cerca de la mía y una expresión de preocupación que no había visto antes. Se nota que ella no es el hombre carnero porque él no habría mostrado emociones.
-¡Eh! ¡Vuelve aquí! -me zarandea.
La miro a los ojos, sangrando y empapándome los labios y el cuello.
-Carnero, no puedo hablar. Me gustaría hablarte de algunas personas, del amor tan puro que nunca le di a nadie. Me gustaría abrir todas mis puertas, sin banderas rojas, sin dolor, pero no puedo. Me gustaría contarte muchas historias, carnero, porque eso significaría que estoy limpia y soy ligera como siempre me sucede cuando las cosas encajan. Abrázame y dame tiempo. Te prometo que pronto podré contestarte y no volveré a estar enfadada y el brillo de las cosas no nos lo dará el fuego.
Me abraza antes de que pueda terminar la frase. Me sujeta fuerte contra su pecho, y en este punto yo ya he entendido que mi sangre son lágrimas que no pude llorar.
-Una vez pensé que tibia soy más bonita. Tenía razón. Pero no puedo templarme sin conocer el frío que me aterra y el calor que me asfixia. Dame tiempo, por favor. Puedo con esto, con todo. Lo he hecho antes, he sido racional y objetiva, pero necesito un poco de tiempo. Sólo quiero poder hablarte como a una amiga.
-Tienes todo el tiempo del mundo -me dice al oído sin soltarme-. Voy a quedarme aquí hasta que dejes de sangrar.

Comentarios

Popular Posts