Otra vez en aquel sitio (II)
-Estoy francamente sorprendida, esperaba cualquier cosa menos esto.
La mujer carnero acaba de volver y lo ha encontrado todo en llamas.
-Creo que nunca había visto tanta luz en este lugar.
Se ríe, y cuando lo hace parece una niña de ocho años que ha visto tropezar a su hermano pequeño.
-Lo estoy haciendo lo mejor que puedo.
-No creo que todos opinen lo mismo.
Tengo ganas de llorar otra vez, todas las ganas que me caben en el pecho.
-¿Qué otra cosa podía hacer, carnero?
-Le has prendido fuego a tu vergüenza, estarás conmigo en que es bastante inesperado.
-Estoy agotada.
Por algún motivo, el fuego no parece extenderse hacia ninguna parte. Es una especie de masa de llamas estable que tampoco amenaza con quemarnos, sólo aumenta la temperatura de la habitación y hace que todo mi cuerpo sude. No sé si la mujer carnero puede sudar. Me cuesta respirar pero sé que no es por el humo, no hay humo aquí. Ella se sienta frente a mí, en el suelo, y me mira sonriendo. El fuego le roza los cuernos.
-Aún no puedes hablar claro, ¿verdad? Lo sé porque te está costando escribir lo que digo, y suelo ser yo quien habla sin tapujos.
-Lo siento, de verdad, lo siento.
Como sabe que no le quedan palabras, la mujer carnero se acerca a mi cara y me besa la frente. Me abraza como si fuésemos amigas. Sabe que aún no puedo irme de aquí aunque no me ate nada, no hasta que aprenda a gritar otra vez. Me sujeta fuerte, me aprieta la carne, me recuerda que, quiera o no, estoy viva. Odio cuando me hacen eso, pero supongo que es lo que necesito.
-Les he fallado a todos.
Se me escapa la lluvia por los ojos. El fuego no va a apagarse nunca.
La mujer carnero acaba de volver y lo ha encontrado todo en llamas.
-Creo que nunca había visto tanta luz en este lugar.
Se ríe, y cuando lo hace parece una niña de ocho años que ha visto tropezar a su hermano pequeño.
-Lo estoy haciendo lo mejor que puedo.
-No creo que todos opinen lo mismo.
Tengo ganas de llorar otra vez, todas las ganas que me caben en el pecho.
-¿Qué otra cosa podía hacer, carnero?
-Le has prendido fuego a tu vergüenza, estarás conmigo en que es bastante inesperado.
-Estoy agotada.
Por algún motivo, el fuego no parece extenderse hacia ninguna parte. Es una especie de masa de llamas estable que tampoco amenaza con quemarnos, sólo aumenta la temperatura de la habitación y hace que todo mi cuerpo sude. No sé si la mujer carnero puede sudar. Me cuesta respirar pero sé que no es por el humo, no hay humo aquí. Ella se sienta frente a mí, en el suelo, y me mira sonriendo. El fuego le roza los cuernos.
-Aún no puedes hablar claro, ¿verdad? Lo sé porque te está costando escribir lo que digo, y suelo ser yo quien habla sin tapujos.
-Lo siento, de verdad, lo siento.
Como sabe que no le quedan palabras, la mujer carnero se acerca a mi cara y me besa la frente. Me abraza como si fuésemos amigas. Sabe que aún no puedo irme de aquí aunque no me ate nada, no hasta que aprenda a gritar otra vez. Me sujeta fuerte, me aprieta la carne, me recuerda que, quiera o no, estoy viva. Odio cuando me hacen eso, pero supongo que es lo que necesito.
-Les he fallado a todos.
Se me escapa la lluvia por los ojos. El fuego no va a apagarse nunca.
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