El cañón en la boca

Ya no me dices nada. Sigues aquí, en mi habitación, y parece que si te mueves perderías definición así que te quedas muy quieto sentado a los pies de mi cama mientras ves cómo me alejo de ti para acercarme a otros. Ya no me dices nada, no tienes fuerza, ni ganas. Me has visto acostarme desnuda y despertarme valiente y me has visto en pánico suplicándote con las pupilas dilatadas que muevas un músculo para evitar que me vaya. Nuestra música no suena nunca y tú ya no me dices nada. Nadie me pregunta por ti porque a nadie le interesan los cadáveres. Sabes que paso las noches despierta pero que ya no espero, me has visto amar los defectos de otros y sonreír borracha los sábados que no me diriges la palabra. Te veo tan triste y tan cansado y tan roto que las partes de mí que te aman se están matando por salvarte, pero yo tampoco te digo nada. Tus cosas no están aquí. Ya no te ríes, ya no curioseas entre mi ropa favorita ni me dejas mensajes entre las hojas de mis libros. Ni una sola palabra.
Apago el ordenador a las siete de la mañana. Me giro en mi silla en silencio y te miro, y me miras. Tus ojos son tan claros y profundos como lo eran en verano y es lo único en esta habitación que quiere comunicarse conmigo, pero está todo tan oscuro que no escucho nada. Te estás difuminando como lo hacen mis recuerdos. Me acuesto sola, respetando el espacio que ocupas desde hace meses pero sabiendo que algún día me despertaré y ya no te veré sentado a mis pies.
No suelo volver a leer mis libros favoritos. Si lo hiciese, habría visto cómo el día antes de desaparecer me escribiste una despedida justo en el momento en el que Aomame sale del pueblo de los gatos.
Y el cañón en la boca.
El cañón en la boca.
El cañón en la boca.

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