Inocencia

Hoy me vi rodeada de muerte y lágrimas y lloré como lloran los ríos. Nadie debería llorar a los muertos porque los muertos están serenos y ya no importan. A ellos tampoco les importas tú. Los muertos dejan casas llenas de recuerdos que ya no pertenecen a nadie y dejan de existir. Sus cafeteras ya no harán más café, sus discos dejarán de sonar y sus libros no volverán a ser leídos. Los muertos están bien, no nos recuerdan ni nos compadecen porque van hacia la tierra, la tierra que nosotros conoceremos algún día. Hoy lloré agua salada que corrió por mis mejillas y me mojó el pecho, pero no lloré a los muertos, lloré a los vivos. Observé a todos esos adultos tristes y destrozados con vidas oscuras y los lloré. Lloré a las lágrimas circunstanciales, lloré a las vidas que se quedan recordando y no a las vidas que se van. Lloré por empatía, no por pérdida.Y también lloré por mí. Lloré una parte de mi pena aprovechando la situación. Hice mi tristeza pública en un lugar en el que nadie sabría que, en parte, lo hice también por mí. Estamos mucho más jodidos los vivos que los muertos y a pesar de que la vida es una experiencia que no elijes pero en la que debes mojarte hasta el cuello, a veces me gusta quitarle la importancia que le dan los megalómanos. No somos más que polvo existiendo y creando lazos que dolerán cuando se rompan. Estamos sucios y somos tontos, mucho más que los animales o las plantas. Yo querría ser agua y correr y dar vida y no pensar, pero estoy encerrada en una existencia en la que lloro a las personas que se van y también a las que se quedan. Me lloro a mí, lloro a las cosas que no existen. Lloro a las cosas materiales y a los conceptos que otros inventaron antes que yo y que ni siquiera alcanzo a comprender. Estoy cansada de llorar, pero vivir es esto.

(No vamos a olvidarte).

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