Pulmones llenos de sangre
Teníamos que escondernos en cuentas anónimas, bajo pseudónimos absurdos, en fotos en las que no se nos veía la cara y nos pixelaban la habitación, ávidas de enseñar nuestros cuerpos, muertas por sentirnos bellas y desnudas, suplicando más piel, más atención y más caricias a través de las pantallas. Teníamos que masturbarnos a escondidas, de manera compulsiva y atroz, porque sabíamos que nadie jamás nos haría terminar y pasaríamos la vida en un orgasmo sobreactuado e insípido. Teníamos que llorar al corrernos, como la desquiciada de Naoko en Tokio Blues.
Estábamos sueltas en vida. Queríamos unirnos todas, hacernos el amor y armarnos con bates y taladros. Queríamos salir a combatir a los injustos, a los perversos, a los retrógrados, a los enfermos y a los maleducados. Queríamos ser las madres de los malnacidos, las asesinas de los nonatos y las esposas de una pila de cadáveres en descomposición. Queríamos litros y litros de sangre por años y años de terror.
Teníamos que escondernos bajo polvos de talco, bebiendo vinagre, apretando los corsés hasta la afixia. Teníamos que vernos gordas y flacas y blancas y tostadas y teníamos que saber beber bourbon y tocar el piano. Teníamos que follar como bestias y amar como locas y arrancarnos la piel a tiras mientras nos insultan. Teníamos que ser, o no ser, pero jamás abrir la boca, ni los ojos, ni los brazos, porque si hubiésemos abierto los brazos, quizás nos habríamos topado con la mano de otra loba buscando consuelo en el aire caliente.
Éramos, y somos, y seremos, las hijas de la tierra que se sumergieron hasta el ahogamiento en la sangre de los seres que jamás quisieron ser empáticos.
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