Hay un látigo debajo de mi cama

Lo amó de aquella manera tan tóxica y terrible que te venden en las películas baratas, y en las caras, y en los libros con dibujos a lápiz y en las tiendas de regalos. Lo amó como si jamás fuese a existir nadie más ni en el planeta ni en la historia que pudiese sentir de aquella forma apasionada y entusiasta que la llenaba de ganas de aprender. Lo saludó como a un extraño porque no era más que aquello: un extraño. Y por más que intentaba acercarse de manera violenta, por más que chocase con su carne, jamás sería más que un extraño. Recurre a esos recuerdos cuando tiene que escribir sobre el amor, porque aún cree que aquello fue amor. Los araña, los convierte en polvo y los transforma en una base de arena fina sobre la que construir una nueva forma de verlo todo. Es duro, porque piensa que con ello morirá una de sus dimensiones y pasará a ser un modelado en 3D sin tiempo que perder ni espacio que llenar. Pero no es así; "del amor romántico se sale", como de las drogas, la anorexia y la ignorancia. Aún hay música que duele, libros que emocionan, imágenes que palpitan y órganos que mueren. Aún hay vida. Una vida a la que no le importas lo más mínimo.

Ella intenta disfrutar de la lluvia mientras se lleva el miedo por delante. Se avergüenza de las cosas que escribe y que jamás le ha enseñado a nadie. "Los diarios de una desequilibrada", publicarán los periódicos del pueblo de los nadies el día en que muera. Y, aunque sea más racional y menos visceral, el mar aún la llama.

Y la seguirá llamando hasta que por fin se ahogue en él, o en la arena fina que sostiene su nuevo universo aún vacío.

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