Té de vainilla y crecer
Algo aterrador de lo que he sido plenamente consciente estos días, y de una vez por todas, es de que uno jamás puede escapar de sí mismo.
Sí, sí, ya sé lo que estáis pensando. Eso ya lo sabíamos todos.
Pero es que hoy lo he sentido por primera vez. Estoy buscando algo fuera de mi ciudad, de mi país, de mi planeta... Y es algo que sólo debería estar buscando en mí. Estoy intentando huir conmigo de mí misma. Y darse cuenta de algo así suena terrible.
No habrá nada en Nueva York, ni en Tokio, ni en Berlín que pueda curar un interior enfermo, y sólo tú eres quien te hace enfermar.
Así que cojo todas mis cosas y me voy al único lugar del mundo donde podrán perdonarme y darme la paz; a lo más hondo de mí.
Otra vez lucha. Otra vez trabajo. Agotador. No soy como esas chicas de las películas, esas que están locas pero a las que todos aman precisamente por la misma razón. No soy de esas que desaparecen y dejan un vacío que sólo ella podría llenar. No he tenido una infancia complicada, no he salido del país durmiendo en estaciones de tren, no he enamorado a nadie nunca. Y cuanto antes sepas que tus ojos no tienen nada de especial, que tu mirada se perdió entre otras miles y que tu piel no dice nada, cuanto antes...
Empieza el alma a arder y salen las palabras de los adultos a escena. Sería mucho más fácil si todos fuésemos monstruos.
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