En ancla en las costillas

Ellos se acercan y te tocan. Tocan tu piel, atraviesan tu carne con sus uñas cortas; escuece. Te miran con deseo, con lujuria; ni una pizca de amor brilla entre sus pupilas y tu iris. Sólo buscan arrancarte la epidermis, llegar a tus tuétanos y sorber con ansia tu líquido cefalorraquídeo. Quieren chocar con tus vísceras y aferrarse a tu médula espinal. Te miran con ojos vacíos como grutas negras perdidas en el mar. El mar. Vuelven las olas. Los acantilados cada vez más altos, las rocas cada vez más duras, sus manos cada vez más fuertes y el silencio cada vez más cerca. Y los colores que se apagan, y tú tan ciega.

Yo naufragué en aquel océano una vez. Recuerdo sus cuerdas quemando mis muñecas, y el ancla atada en mis costillas tirando de mi cuerpo como un peso muerto. Recuerdo el pánico mudo, el temblor delicado, el ruido sordo y los engranajes desengrasados. Recuerdo las violaciones a las que fue sometida mi alma, recuerdo cómo sodomizaron toda mi pureza. Y lo que vino después fue el maremoto de sangre, y la luz. Y la paz.

No tendrán piedad. Ninguno de ellos. Cuídate, pequeña, porque sabrán hacerte sangrar. Sabrán matar cada fibra de esperanza, sabrán llenar cada hueco de tu interior de basura, sabrán pisotear el poco calor que te quedaba. Sabrán anularte, pequeña, sabrán hacerte callar.

Y entonces llorarás el océano que yo lloré, y matarás a quienes yo maté, y te enterrarás en la tumba en la que yazco; y entonces habrán ganado.

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