Una sola luna y la necesidad imperiosa de escribir constantemente
El día estaba soleado y el tatami templado. Las puertas correderas que daban al jardín estaban abiertas y dejaban correr una brisa tibia que enfriaba el humeante té verde de Aomame (¿quién es Aomame?). Un fuerte olor a hierbabuena inundaba la estancia, en el jardín había unas cuantas de estas plantas. Tengo había salido a comprar algún libro (¿quién es Tengo?) y no volvería en un rato. Hacía ya varios meses que habían salido de el pueblo de los gatos, de 1Q84. En el cielo solo habría una luna aquella noche, no saldrían ningún tipo de personajes diminutos de ningún lugar y nadie les perseguiría ni tejería una crisálida de aire en ninguna cama de hospital. Todo estaba bien, el mundo giraba en torno al sol y los domingos seguían siendo días perezosos y aburridos. Habían logrado escapar. Sobre la mesa descansaban un par de libros, una libreta en la que Tengo esbozaba una novela a medio escribir y el picahielos que Aomame no volvió a utilizar jamás y que ahora cumplía su función original de convertir el té en un refrescante granizado. En las paredes colgaban algunos cuadros. Uno mostraba a un gato sentado sobre una silla baja. Otro mostraba un paisaje nevado. Aomame los miraba distraída mientras recordaba una vez más aquella vez que se rompió las medias bajando las escaleras que cambiarían su vida para siempre. Le dio un sorbo al granizado de té verde y se tumbó en el suelo de tatami. Se acurrucó rodeando sus rodillas con los brazos. Lloró un poco, solía hacerlo desde que se había permitido a sí misma el lujo de ser vulnerable. Entonces sintió algo en su vientre, y se acarició la tripa. Tenía algo por lo que vivir. En aquel momento Tengo abrió la puerta y observó la escena desde el otro lado de la habitación. Se podían escuchar los latidos más allá de la superficie de la piel.
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