En aquella casa helada

Había pensado demasiado en mí y poco en el mundo. Puse música y sonó una voz familiar. Dormir sola no estaba tan mal, ni pasabas tanto frío como decían en las películas. Tampoco el invierno tenía nada de duro solo por el hecho de que él no estuviese allí. Yo ya me había acostumbrado a la vida adulta, a los tés a las cinco de la mañana y a la ginebra barata. También me había acostumbrado al mar. Y a los ojos que no estaban más que en el recuerdo. Pero estaba bien, era valiente, por una vez había pensado solo en mí y nada iba tan mal como querían hacerme creer. A seiscientos kilómetros, o a quinientos, o a diez centímetros, o a tres milímetros de la superficie de mi piel. Soy la única que baila en esta casa, pero bailo muy bien cuando me pones la música.

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