Ella fue a suicidarse al monte Fuji
Ella fue a suicidarse al monte Fuji, aunque ya llevaba muerta varios meses. La niebla era espesa y fría aquel octubre. Todo el bosque olía a lluvia, a tierra húmeda, a otoño prematuro. Sus zapatos de tela se empaparon tras dar los primeros pasos hacia lo profundo de la maleza, y su vestido blanco se manchó con barro y se cubrió de ramitas y hojas. Los pocos pedazos de cielo que los árboles dejaban distinguir entre sus altas ramas eran de un gris brillante que hacía daño a sus ojos claros. Sus pupilas se contrajeron con violencia. Había luz de sobra para observar todo aquel paisaje con total claridad, serían apenas las cuatro de la tarde.
A veces sentía arder una profunda herida en su pecho, y creyó poder hundir sus dedos en ella, colarlos entre sus costillas y acariciar su propio corazón. Un latido, dos, tres. La sangre escurría por su abdomen y empapaba todo lo que encontraba a su paso. Cuatro latidos, cinco. Seis. Sus bragas se teñían de repente de un rojo oscuro y un intenso olor a hierro comenzaba a pesar en el ambiente. Siete latidos. Ocho latidos.
Nueve.
Y después ni uno más.
Ella fue a suicidarse al monte Fuji. No era la primera vez, y tampoco sería la última. En todas y cada una de sus vidas terminaba en aquel bosque, sumergida en la soledad y el silencio de aquel paraje nublado y frío; sangrando a borbotones.
No muy lejos de allí, unos ancianos rezaban por su alma. No era la primera primera vez que lo hacían, y tampoco sería la última.
Comentarios
Publicar un comentario