No, no, no

No escribo porque el desequilibrio no me deja. He intentado volver a Murakami y a Eugenides, incluso a Lenin, pero hay algo en mi habitación que me lo impide. Todos mis mitos se derrumban y llenan de escombros mi sala de triunfos. Nadie quiere entrar en mi intimidad y quedarse a dormir. Me da asco mirarme en el espejo porque no me veo. No ha cambiado nada, soy un cuerpo medio muerto intentando traer a una niña en pánico hasta esta realidad.

No podéis ayudarme, sois feos y prescindibles. Tan feos y prescindibles como las yemas de sus dedos sobre mi epidemis.

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