La certeza

Ya no sé escribir sobre el amor si no es hablando de sangre, de maremotos y de vísceras, aunque en esto hay algo de mis órganos y un poco del mar. Hacía mucho tiempo que nadie entraba en mi casa con esa confianza. Hacía mucho que nadie pasaba hasta mi cocina, me sentaba en la encimera y me hablaba bajito cerca de la yugular. Y tú eres ese ser despistado que tropieza con mis cosas y se ríe, y me mira de reojo y pone música dentro de mí. Eres todo lo que no esperaba. Y aquí me tienes, perpleja, con mi pijama favorito puesto mientras te veo sentarte en mi sofá y mirar mis álbumes de fotos.

Ya no sé escribir sobre el amor porque estas nuevas emociones ya no son los tornados devastadores que me sacudían antes. Ahora entran luces por la ventana y lo van iluminando todo despacio, no tienen ninguna prisa. Y tú me has rozado la piel (¿o fui yo quien te tocó?) y ahora sólo pienso en bebidas calientes e intimidad. Me gusta sentir estas cosas porque no son amor. El amor era feo y desgastaba y dejaba olor a goma quemada en las paredes de mi casa. Esto no es amor, es algo mucho más bonito y responsable. Esto es algo que empieza y termina como las películas buenas, está frío como el vino blanco y nos hace sentir ligeros como el papel de fumar. Y nadie carga con nadie. Oh Dios, no, nadie carga con nadie.

Me siento a tu lado en el sofá y me miras con esa cara de crío inconsciente como si nada a nuestro alrededor tuviese la más mínima importancia. Y entonces yo también me río y recuerdo lo mucho que me gusta ser tu amiga. Ya no hay maremotos porque ya no sufro, y te miro y sé que no volverán porque si esto no me duele, si tú no me dueles, es que estoy curada. Me da igual que nunca llegues a tocarme o que te quedes a vivir en mi casa. La tetera está pitando y yo estoy viva, ¿qué hay más bonito que tener esa certeza?

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