La luz que incidía sobre las esquinas

Aún me estremecen las canciones que marcaron la historia. Aún hay nombres que me alteran, rostros que tengo ganas de besar. Aún recuerdo algunos momentos. Cada vez menos. Cada vez más sordos.

Sé que se refieren a mí porque es mi cuerpo el que convulsiona, pero no soy yo la que siente todo eso. Es otra persona, dentro de mi carne, quien aún acaricia a aquel hombre en su cama sabiendo que será la última vez. Yo observo la escena desde el quicio de la puerta, resignada, sabiendo que es lo mejor, porque aquella chica no es más que un bollito a medio cocer y aquel hombre no es más que un niño perdido dentro de un cuerpo enorme. "El perfecto final para esta historia de mierda". Yo cierro la puerta, los dejo allí. Sé que ella se irá a casa llorando y también sé que él se enamorará de otra, de una mujer maravillosa, de una de mis hermanas. Ni siquiera se enteran de que casi todo lo que hay en esa casa me lo llevo yo. Alguien habla en japonés en una pantalla de ordenador. Ellos duermen.

En esa casa ahora vive otra gente, con sus propias historias de mierda y sus propios cuerpos enormes. Yo guardo las cosas que me llevé para no olvidar jamás los pasos que me han traído hasta aquí. No tengo tiempo para el amor romántico, no tengo tiempo para nadie que no sea yo. Así que cuando ella, esa extraña, vuelve a nuestra casa y entra llorando arrastrándose por el pasillo, sé que acaba de volver del bosque.

Y la abrazo fuerte, muy fuerte. Puede que hasta le costase respirar, pero así se aprende. Y así aprendí.

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