El jardín o la selva de nadie
No distingo la realidad de las construcciones, de la carne ni de los cuadros de Monet. Porque toda mi sangre son flores ahora, y sé que ya no puedo abrirme en canal porque lo convertiría todo en un jardín de colores que nadie quiere ver. Sigo siendo hipersensible, me estoy quemando la piel. Me hicieron creer que era fuego, hicieron de mi tierra seca la hoguera que se está llevando todo aquello en lo que puse el alma, y miradme ahora. Ni siquiera el mar podría salvarme. Ni la sangre, ni el mar, ni los buitres. Me queda una selva de tierra inundada y árboles inmensos que tapan el sol, me queda el viento violento en medio del océano que mata de sed al náufrago y me queda la pobre promesa de escribir todo lo más bonito hasta el día de mis huesos. ¿Qué les pasa a los elementos? Yo que soy llama y me avivó el viento y me ahogó el océano y me enterró la selva. ¿Qué les pasa a los seres carroñeros? Les diré a los gatos que se coman mi cadáver el primero, que dejen que mi madre y mis hermanas fertilicen la tierra como las diosas que fueron en vida.
No me conozco, no conozco a nadie más. Qué extraño pasar todas las noches de tu vida masturbando a la desconocida con la que compartes este cuerpo inútil.
(Hoy estoy triste, no me lloréis. Leed esto en voz baja mientras se me evaporan las lágrimas. Qué bonita tu cruz, como siempre, Norma).
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