Los días de sangre

Tenemos una forma de comunicarnos que no logro descifrar. Eres raro y cambias como el tiempo en Siberia, quizás porque yo también soy rara y ardo como el fuego del desierto a media tarde. Pero quiero que dejes la puerta entreabierta, déjame mirar cómo te acomodas en la realidad, respirando lento. Deja que te hable bonito, sólo confío en mi voz cuando se trata de personas. Si te da miedo, juro dejarme los labios en la puerta (lo juro), porque comprometernos sin antes habernos leído como libros abiertos es de donnadies, igual que escribir para uno mismo o hablar para demasiados.

(Hace unos años quise tirar de la manga de tu chaqueta, lo tengo escrito, ya había atardecido y yo no cogería el tren aquella noche. Pero te largaste porque no era tu momento, e hiciste bien. Hoy tampoco es el momento, pero a quién le importa. Sólo quería sentirme incómoda otra vez hablándole de romanticismo a mi colchón mientras sangro. Literalmente. Porque cuando no es sexo y no son ganas y no es amor, entonces, ¿qué es?).

Y mientras me escurre la poesía caliente por la parte interna de los muslos, lloro un poco para no morirme. Puede que no hable de ti, no lo sé. Los días de sangre apenas mido lo que escribo.

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