Aquella pequeña ciudad costera

Aquella pequeña ciudad costera significó para mí la limpieza del alma, la culminación de años y años de búsqueda interior fuera de mí. Quizás fuese algo pasajero, puede que no hubiera encontrado realmente una razón por la que continuar, un camino a seguir, puede que no estuviese tan claro que aquellos planes que nacían de repente en mi cabeza fuesen a cuajar pasado un tiempo. Pero me sentí libre en aquella ciudad humeda y fresca donde la gente apenas salía de casa en invierno y donde los barrios se morían pasadas las siete. Me gustó verme paseando sola y leyendo mientras se me quedaban frías las manos. Me gustó llegar a una casa que no era la mía y poder dormir como si me arropasen las personas que amo, o como si tuviese un gato, o como si no hubiese estado borracha jamás. Me enamoré de la fealdad que significaron sus edificios y sus calles empinadas y sus palmeras y sus paredes cubiertas de pintura y propaganda. Supongo que una parte de mí se quedó en esa ciudad. La parte de mí que ya no vomitará antes de los viajes, ni le tendrá miedo a la soledad ni a las personas y que tampoco llorará por las noches sin antes dialogar con ella misma.

Aquella pequeña ciudad costera significó un cuadro, una estampa, la imagen perfecta. Aquella en la que crecía un poquito, me dejaba la piel y las entrañas y lo pintaba todo con mi sangre. Tan tangible, visceral y realista como la persona en la que conseguí convertirme en tan sólo tres días festivos.

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