Las pesadillas de los hombres malos

Lo creas o no, me asquea el simple hecho de pensarme tumbada en una cama junto a alguien, a cualquiera. Me provoca un terrible rechazo imaginar que abrazo, que beso, o que amo. Yo, que tengo todas esas cosas horribles que sólo yo conozco. ¿Cómo va alguien a ser capaz de tocarme sin ver todo lo que tengo que no es bonito? Yo no sé muy bien qué es el amor. No se me dio bien la única vez que creí sentirlo, y no sé si volverá a presentarse la oportunidad de hacer las cosas de otra manera. Pero cuando aparece alguien que parece que puede darle la vuelta a todo, que puede limpiarme por dentro y que puede hacer que me perdone...

De pronto, estoy en su cama, aunque nunca he estado en su cama. Y miro a un lado y él está ahí, aunque yo aún no lo he visto. Y me abraza, y parece querer besarme, y Dios, tengo ganas de correr. Estoy terriblemente incómoda, me arde la piel del pecho y siento pequeños pinchazos agudos en la planta de los pies. Lo aparto de mí, se me acelera la respiración y me sudan las manos. Nada es bonito, ni agradable. Nada parece funcionar.

No sé si he querido, ni si podré querer. A veces me imagino el amor como un inmenso bosque neblinoso plagado de los cadáveres de aquellos que se perdieron en él para acabar con sus vidas. Nadie sabe cuán grande es, cómo se sale, o cuán lejos podrás llegar (a menos que te adentres). Nadie sabe si se sobrevive a él o si es inevitable morir de frío. Los que estamos fuera sólo sabemos que huele a sangre y que te eriza el vello.

Nunca entré. Me dio asco imaginar que sobrevivía y salía contenta de allí.

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