Te llevaste todas tus corbatas

¿Recuerdas cuando corríamos detrás de los caballos salvajes? ¿Recuerdas cuando nos bañábamos desnudos en aquellos lagos lejanos? Tú te empeñabas en dejar los pies fuera de la manta, yo te miraba con ojos de cordero degollado sólo cuando hacía frío. Y jugabas a esconderme los pulmones en algún lugar de la casa, y yo sin respirar miraba debajo de la cama. Entonces, cuando no mirabas, cortaba en trocitos pequeños las partes de tu alma que me dejabas tocar. Y caía la noche y los caballos seguían siendo caballos, y seguían corriendo porque los caballos salvajes nunca se detienen, y tú y yo dormíamos acorralados por un suspiro más grande el universo. Eras como masticar oxígeno y respirar hedonismo. Nos entendíamos porque compartíamos el océano, el que llevábamos dentro. Y las gaviotas lo sabían.

Un día me desperté y encontré una nota clavada en la pared con alfileres rojos. Sé que eran rojos porque me fijé, es un detalle importante. Tú te habías ido, te habías llevado mis pulmones, una alfombra, todas tus corbatas y el pajarito disecado del estante de la cocina. No te volví a ver; tampoco volví a respirar. Pero en una caja encontré los trocitos de alma que te fui recortando a lo largo del tiempo, así que los cuidé como si ellos fuesen tú. Porque supongo que eran tú.

Fuera, los caballos salvajes seguían corriendo, porque los caballos salvajes nunca dejan de correr. Como las agujas de un reloj o los latidos de un corazón, por magullado que esté.

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