Matándose

Norma dormía poco, sola y mal. Solía enfadarse consigo misma cuando nada salía bien, y también acostumbraba a tenerse poco en cuenta. Comía a deshora y nunca salía de su habitación durante las noches frías. Bebía té. Bailaba sola. Enloquecía, aunque ella no lo sabía, y hacía arte por las noches. Escuchaba música y se bañaba en agua templada esperando templar así también su carácter y su corazón. Norma esculpía. Grababa palabras hirientes sobre su abdomen mientras permanecía encerrada. Y gritaba, gritaba incluso cuando alguien empujaba su cabeza bajo el agua de su bañera, llena hasta arriba. Aunque le costase respirar. Norma dormía dentro de Marilyn.

Marilyn era alegre y bonita. Era sensual y elegante, y solía beber sola cuando necesitaba pensar. Siempre bailaba con algún caballero al que había sabido sonreír de la forma adecuada para tenerle a sus pies. Usaba su cuerpo a su antojo y jamás se sentía culpable, ni sucia. Se despertaba en camas ajenas, se vestía y se iba con una sonrisa en los labios. Unos labios siempre rojos, por supuesto. Pero es que a ella nada le dolía, porque no sabía qué era amar. Y puede que por eso mismo, las noches que llegaba a su casa y no podía controlar a Norma, intentaba ahogarla en su bañera. Porque no la amaba. No se amaba. Norma luchaba por salir, por comérsela, por volverla loca y hacerla llorar, pero Norma era débil, y terminaba encerrada en el baño, empapada, esforzándose por recuperar el aliento. Ella temblaba sobre el suelo frío mientras Marilyn se servía otra copa en el salón.

Era una dualidad letal, una lucha de puertas para dentro que sólo ellas conocían. Cada vez que Marilyn cruzaba aquella puerta con su cara de indiferencia y su sonrisa burlona, Norma se preparaba para saltar sobre ella e intentarlo una vez más. Pero nunca vencía. Porque las partes bonitas del mundo nunca vencen.

Norma murió de frío mientras Marilyn removía el hielo de su whisky con el dedo índice de su mano derecha.

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