Tiempo y órganos

El tiempo es un aliado extraño. Hace que las cosas cambien, se arrastren, se transformen. Conozco bien el efecto del paso del tiempo porque me ha salvado la vida muchas veces. Si no estoy muerta hoy es porque el tiempo se ha dignado a pasar, día tras día y sin detenerse un instante, dejando que mis huesos suelden, deteniendo mi hemorragia, devolviéndome los órganos. Hoy hay muchas cosas que ya no me duelen como hace unos años. Leo textos viejos y pienso en lo admirable e inocente de escribir sobre mis emociones como si pudiesen ser eternas. También siento un profundo rechazo hacia aquellas experiencias porque ni siquiera las considero del todo mías, las veo a través de una lente oscura y distorsionada, pero no me importa. Verlo así significa que ya no estoy en aquel lugar terrible. He limpiado mi palacio mental. Ahora existen otras habitaciones en él que aún tienen las paredes manchadas de sangre o que guardan la ausencia de personas a las que quise y que ya no existen, pero no me preocupa mucho. Aunque me cueste un poco dormir, sé que el tiempo se encargará de todo lo que mis manos no son capaces de arreglar. Y entonces no habrá más sangre, la ausencia será paz y mis órganos estarán todos en su sitio. Cada uno en su lugar hasta que por fin vuelva a la tierra.

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