Silencio
Silencio es blando y oscuro. Se hace largo, se estira y se retuerce. Se mete debajo de la mesa del salón, entre los discos de vinilo y detrás del desodorante y los bastoncillos para los oídos. Toca el techo y las esquinas dejando unas manchas grasientas que ensucian la pintura blanca de las paredes y estropean mis pósters. Luego me hunde en la cama, entra en mi cuerpo por la boca y se mueve a trompicones hacia mi cabeza. Allí, Silencio suena como una canción en bucle de la que estoy harta pero que no puedo parar. Estoy acostumbrada a ese sonido vacío. Esa canción es mi casa. Silencio se traga mi tiempo, aspira hondo y mastica y deglute y hace la digestión muy despacio. No puedo medir cuánto tarda porque se ha comido mis horas. Huele a alquitrán. Pesa alrededor de dos toneladas.
Abres la puerta, te miro y Silencio se contrae.
–¿Dónde has estado? –te hablo mientras me limpio la grasa de las comisuras de los labios.
Silencio ya no está.
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