Me huelen las manos a lejía

Me huelen las manos a lejía.

Hoy leí a una amiga escribir sobre el mundo pequeñito que comparte con alguien y he recordado que mi mundo pequeñito está hecho trizas. Mientras desinfectaba el pomo de la puerta y escuchaba a mi madre toser al otro lado, he imaginado ese espacio indefinido que construí durante años en el que siempre estuve sola, esperando. Se me ha roto un poco el corazón porque esa Estrella que esperaba —y que espera— no merece que su mundo se derrumbe y ni siquiera sabe que todo lo que está fuera está en llamas. He vuelto a disociar, con el ruido de fondo taponando todos los poros de mi piel, concentrándome en la taquicardia y en el peso del aire en mis pulmones al respirar. Yo no soy esa persona. Leo los textos que escribí hace unos meses y no reconozco las escenas que pintan. Estoy tan lejos física y emocionalmente de todo aquello que parece que narren pesadillas mal escritas, con personajes ficticios y decorados baratos. Me niego a creer que mi cuerpo estuviese en aquellos lugares, sometido a aquellas cosas, con la responsabilidad en el pecho y el miedo en las manos. Yo no estuve allí con esa gente terrible. Porque si fue real es que el amor no existe.

He rezado como me enseñaron en el colegio, como si fuese a servir de algo. Es la segunda vez que lo hago este año. Es casi un acto reflejo, entrelazar los dedos y encomendarte a algo superior para sentir el alivio del quizá y de la esperanza. Con las mejillas empapadas pides que vuelva la calma, prometes que dejarás lo banal en el pasado, que apreciarás más los abrazos de tus amigos, la luz del sol e incluso los gritos de tus padres. Juras, apretando las palmas de tus manos hasta hacerlas temblar, que ayudarás a la persona que quedó encerrada en tu mundo pequeñito a salir, a recomponerse, a volver a ser humana e incluso a perdonar. Rezar se parece mucho a estar sola en el espacio de mi mundo pequeñito. Te dicen cosas que luego no se cumplen. Al final nadie te contesta.

Pero en la revuelta de los valientes no vale nada que no sea real. Nuestros cuerpos están aquí, en el mundo de las cosas tangibles, las cosas que te cortan y que te hacen sangrar y que te duelen y que te matan. Mi cuerpo, el de las personas que amo, el de las personas que odio, todos esos cuerpos están encerrados aquí, conmigo, en este mundo enorme. Aquí, mi padre ha recibido una mala noticia y mi gata es la única que entra en la habitación de mi madre. Aquí me llamo Estrella, aunque me cueste referirme a mí con ese nombre. Tú nunca has estado en este lugar.

Aquí, me huelen las manos a lejía.

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