Otra vez en aquel sitio
-Creía que eras más fuerte que esto.
-Pues no lo soy.
-Sabes que tienes todas las herramientas en la mesa, ¿verdad?
-Las voy a usar para abrirme el cráneo.
La mujer carnero tuerce el gesto.
-¿Vas a dejar que ganen ellos? ¿Los hombres malos? ¿Después de las cosas que dijeron de ti, de cómo te tocaron?
La miro, aunque la oscuridad no me deja ver bien los detalles de su cara.
-¿Y qué sugieres que haga? Yo no pedí estar aquí, no quería esta responsabilidad.
-Crees que te hace daño ser consciente y racional, pero eres tú quien se está cortando la piel.
Sabe que si me habla así voy a enfadarme.
-No me quieren carnero, no me quieren.
Se le escapa una risa que me humilla un poco más. Estoy sola y desnuda y despierta.
-Eso no es lo importante, Aomame. Tú debías permanecer a salvo, jamás debiste llegar hasta aquí. Eras lo único que podría salvarlas a todas.
Estoy llorando otra vez.
-Tu madre tiene razón. Eres débil.
Sé que la mujer carnero me quiere, sé que lo hace para que reaccione, pero me tiemblan las manos y los gestos de la cara.
-Escucha Aomame, el sol está a punto de apagarse. No te mueras pensando que esto es todo lo que puedes hacer por ti y por ellas. Aún tenemos tiempo.
Intento levantarme pero las cuerdas aún me sujetan a la silla. No puedo salir hasta que lo solucione.
-Pero esto es mi vergüenza carnero, ¿por qué nadie lo entiende cuando se lo explico?
Se acerca a mi cara, y las llamas de las velas me dejan ver sus pupilas rectangulares.
-Porque ninguno de ellos ha estado aquí.
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