No me lo cuentes

La oscuridad terminó de repente. Al menos aquel tipo tan concreto de oscuridad.
-¿Cómo he terminado aquí?
-Si tú misma te has traído a este lugar es que estás en un buen lío.
El Hombre Carnero se dirigió a mí sin mirarme y las llamas de las velas que nos alumbraban se estremecieron.
-Sé dónde estoy y es imposible que haya llegado aquí sin darme cuenta.
-A mí no me mires, yo me limito a recibir visitas, y no soy yo quien utiliza el universo de otro autor para liberar su propio dolor.
Al decirlo, una risilla burlona se escapó de entre sus labios finos mientras pasaba la mirada por los libros que se amontonaban a nuestro alrededor.
-¿Perdona? ¿Insinúas que soy incapaz de crear personajes y escenarios propios?
-Tampoco he dicho eso.
Giró la cabeza coronada por dos enormes cuernos retorcidos y me miró, y fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba allí para eso.
-No he venido para que me amedrentes sino para que me adviertas, ¿no es así?
-Eres más lista de lo que crees pero aplicas tus propios consejos de manera desastrosa. Este encuentro es casi como si hubiese ido a verte yo a ti y no tú a mí.
-Y tú no haces esas cosas.
-Y yo no hago esas cosas.
Miré a mi alrededor, era todo exactamente como lo había imaginado cuando leí el libro. Supongo que por el hecho de que aquello también había salido directamente de mi cabeza.
-Podrías haber ido a ver a Code y Data, podrías haber asfixiado a la gata, podrías haberte transformado definitivamente en Aomame presa del pánico... ¿Por qué has venido justo aquí? ¿Justo ahora?
Hacía meses que, cuando quería llorar, se me escapaban un par de lágrimas que ni siquiera me satisfacían y después nada más. Se me quedaba la misma cara de mujer vacía que al principio y se me secaban las cuencas. Supongo que por eso estaba allí. Por el standby. ¿Ves? Ese símbolo es mío, Hombre Carnero.
-No lo sé. No te conocía. No sabía que podía venir. Pero ahora que estoy aquí sé lo que he venido a buscar.
-Y yo sé lo que tengo que decirte, ¿no?
El silencio tras esa pregunta fue tan profundo que juraría haber escuchado a mi hígado quejarse. El Hombre Carnero fijó sus ojos amarillos y brillantes en los míos. Suspiró.
-¡Eres una inconsciente! Llevo cientos de años aquí y hasta yo sé que el amor que narran en los libros no es real. Vosotros los humanos no sois más que seres sin propósito que buscan el sentido a la existencia chocando los unos con los otros de la manera más atroz. A veces pienso que no estáis hechos para ser amigos, ni siquiera para respirar sin ser una fuente constante de conflicto. Maldita sea jovencita, ¡Tengo no existe! ¡Deja de buscarlo!
Había elevado un poco la voz, y aquellas palabras fueron las primeras en mucho tiempo que removieron algo en mi estómago y consiguieron que se me inundaran los ojos por un momento. Cuando me vio intentando aguantar las ganas de romper a llorar, bajó el tono y se acercó a mi cara desde el otro lado de la mesita baja. Olía a cuero y cera.
-Escucha. Sólo date tiempo, todo el que necesites. Sois patéticos pero también fascinantes. Tú no me conoces pero yo a ti sí, os conozco a todos, y sé que serás capaz de terminar tu existencia y volver a pasar por aquí a contarme cómo lo conseguiste. Estaré esperando, te lo prometo. Pero no vuelvas a enamorarte de esta forma, ¿vale?
Más de dos lágrimas rodaron por mis mejillas por fin hasta chocar contra mi pecho. Cuántas cosas habían chocado contra mi pecho, qué locura, qué ridículo. Dos de las velas se apagaron de repente como si una ráfaga de viento hubiese entrado por alguna brecha, pero en aquella minúscula habitación sólo la puerta cerrada daba al exterior.
-Volveré  y te contaré cómo salí de esta. Y dejará de darme miedo estar lejos de ti, y lejos de Code y Data y de Aomame y de la gata. Volveré con una historia que sea mía, yo misma la escribiré.
-Lo sé. Tú sólo lo crees, pero yo tengo la certeza.
Se rió despacio, tranquilo, y me transmitió con esa risa toda la paz que quedaba en el Hotel Delfín.
-Y yo no hago esas cosas -le dije sin dejar de llorar.
-Y tú no haces esa cosas.
Las velas que quedaban encendidas se apagaron con otra ráfaga de aire y volví a aquella oscuridad tan densa y fría.
-Hasta pronto, Hombre Carnero.
El ascensor descendió hasta la planta baja. Tengo sacó mi cuerpo inconsciente de él y me devolvió a mi habitación, a la ansiedad, a las luces de colores y al dolor que supone estar viva. Puede que Tengo fuese real en algún plano, pero no para mí. Y lo más sano para todos era que pasase mi vida pensando que nunca existió.

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