Pena
Pena llama a mi puerta cuatro veces los días de lluvia. Toc toc, toc toc. Sabe que no quiero abrir, pero también sabe que me acerco despacio apoyándome en las paredes del pasillo como un peso muerto hasta alcanzar la puerta, que grito "¿quién es?" y que mi voz suena sorda como si alguien presionase una almohada contra mi cara. Ambas sabemos que sé que es ella y por eso nunca me contesta.
Pena tiene una habitación en mi casa. Se sienta en su pequeño sillón viejo, de un color pardo como cubierto de ceniza, y me mira negando con la cabeza. Yo me siento en el suelo justo frente a ella, me gusta mirarla con atención mientras me habla de todo aquello que no quiero escuchar. Quiero que me vea bien. Es entonces cuando se acaricia las rodillas un instante con movimientos circulares y comienza a hablar.
Pena termina su soliloquio cruel antes de la hora de cenar. Suele hacer trampa, utiliza ripios para que sus historias duren más porque sabe que una vez termine con su intervención, debe irse de mi casa. Así lo dictan las normas. Ninguna de nosotras sabe quién las escribió pero ambas podemos recitarlas de memoria como podemos cantar Cause de Sixto Rodríguez sin respirar ni una sola vez. Se levanta y sacude su ropa como si las cenizas del pardo de su sillón la hubiesen manchado, se dirige a la puerta sin mirarme y no se despide, ya conoce la salida. Yo sangro y tiemblo sobre el suelo de madera oscura que lleva años sin limpiarse. La otra razón por la que me siento en el suelo cuando ella viene es porque no quiero manchar los muebles con mi sangre.
Pena no ha llamado hoy y yo estoy empapada. Tú sigues en silencio muy lejos de mi casa mientras yo abro otra botella de vinagre y lleno la bañera con ella. "Me rindo", me digo, e introduzco la pierna izquierda hasta la rodilla en el vinagre, "me rindo".
Yo ya no lo oigo porque nado en fluidos extraños, o me asfixio o me salvo, pero llueve y han llamado a la puerta. Cuatro veces.
Toc toc, toc toc.
Pero esta vez no es Pena.
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