Empowerment I

No me gusta empezar diciendo "últimamente". Suena demasiado real, demasiado reciente. Y hace meses que dejé de estar acostumbrada al dolor. Lo aparté de mí, lo sometí, lo enterré. Ahora, sólo yo controlo si me duele. Y, por alguna regla no escrita (que puede que esté escribiendo ahora mismo), siempre que empiezo a escribir con un "últimamente", el dolor intenta escapárseme de entre las manos para jugar entre mis órganos de cobarde perdedora. La cobarde perdedora que prometí no volver a considerarme nunca más.

Últimamente me miro al espejo y me veo fea. Quizás "ver" no sea el verbo adecuado. Me siento fea. Como una adolescente en plena efervescencia hormonal, preocupada por el qué dirán, vomitando después de cada comida. Me aterra pensar en tocar a alguien, porque, ¿quién en su sano juicio querría tocarme? No me malinterpretéis, no necesito una terapia barata con unas amigas superficiales, no necesito comprarme un vestido bonito y tampoco significa que no me gusten mi cara o mi cuerpo. Es sólo una sensación, una sensación que me recorre y me hace temblar cuando alguien, quien sea, intenta acercarse mínimamente a mí.

Últimamente me escapo. Aún existen hombres que pagarían por matarse sobre mi ombligo, me lo han dicho, no dejan de decírmelo. Y juro que cierro los ojos e intento imaginarlos chocando contra mí, pero me pueden las náuseas. Me vuelvo pequeñita y empiezo a correr, porque si me tocan volveré a ser la persona que odié, y que sigo odiando desde lo más profundo de mí. No soy quien era hace seis meses. Ya no me enamoro, ni me gustan las noches en la calle, ni lloro al menos una vez al mes. No necesito ser quien era. Y me está costando perdonarme porque es como arrancarse las muelas a uno mismo, o como cortarse una extremidad o sacarse los ojos con las uñas. Voy despacito, me hago de nuevo y me escapo cuando me dicen que estoy guapa y sexy. Sonrío, porque me gusta sonreír, pero me voy. No necesito sus halagos porque me hacen sentir repugnante y diminuta. Y llevo toda la vida, sin saberlo, luchando por ser grande y estar limpia.

Últimamente ni siquiera escribo bonito. Lo dejo todo en borradores, no doy vueltas en la cama, respiro despacio. Ya no me visto bien, ni me maquillo, porque quiero que vean todo lo desnuda que puedo estar en sociedad. Estoy en crisis, en una de mis enormes y terribles crisis, pero no se parece en nada a aquellas me mataban hace años. Estoy tranquila, odiándome tranquila a intervalos de tiempo regulares, mirándome tranquila en los espejos, dándome asco tranquila. Estoy encontrando los fallos, marcándolos con rotulador negro, clavándome chinchetas en la carne. Me estoy quitando trocitos de dentro y los estoy llenando con cosas que no me hacen daño. Soy, cada vez, menos yo, pero también soy cada vez más conocimiento, más guerra, más revolución, más valentía y empoderamiento. Soy cada vez menos miedo, menos dolor, menos frío y menos canciones tristes.

No quiero que me toquen, no quiero repetirlo y ni siquiera quiero explicarme. Porque cada vez que me miro al espejo y, en lugar de estar vacía, sostengo un libro, entonces sé que no existe una mujer más bonita en el planeta. Cada vez que me miro al espejo y se me escapa una idea, de esas que sé que haría a muchos tristes conformistas fruncir el ceño, entonces sé que soy afortunada, que soy la mujer más feliz a este lado del Mississippi, y que nadie podrá quitarme la ilusión de cambiarlo todo y morirme intentándolo.

Hacerme llorar estuvo bien, pero estoy cansada de cargar con una persona que no soy, que no quiero volver a ser y que, de hecho, nunca seré. Bienvenida, bonita. Te quiero con tu plástico, tu carne cruda, tus ideas desequilibradas, tus palabras incorrectas, tu vergüenza (adoro tu vergüenza) y tu miedo. Te quiero con esto y con todo lo que traigas. Vuelve a mirarte al espejo y perdónate. Hazte el amor. Llora, llora si quieres, pero sólo una vez; la última vez.

Porque estás preciosa cuando estás por encima, incluso de ti misma.

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