Vólodas
Vi un monstruo desnudo y tembloroso sentado en mi cama. Era el ser más hermoso que había visto jamás. Coróndolas flotaban por toda la habitación. Empezaron a picarme las muaras según intentaba acercarme a él. Pero su piel suave me llamaba más que nada en el mundo. El resorte aquel que mencioné una vez, se activó entre aquel monstruo vacío y yo. Aunque no lo entenderéis si no conocéis a fondo mi prosa. Y el hombre malo que había vaciado al monstruo le había hecho creer que era la belleza del mundo hecha carne, pero aquella era sólo una mentira más. Toqué su paina y me miró. Me pidió con los ojos que apagase todos los bornados, y así lo hice. Después, pude sentarme a su lado y abrazarlo. ¿Por qué alguien habría pensado siquiera en hacerle daño a un ente tan puro? Porque, quizás, los cobardes también existen en el mundo de los montruos bonitos.
El monstruo era yo, como habréis podido deducir. Por eso lo amo tanto. Y ahora compartimos vólodas mientras nos acariciamos.
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